Experiencia de la Procuración Penitenciaria de la Nación en Argentina

El Programa Marcos de Paz, desarrollado por la Procuración Penitenciaria de la Nación (PPN), es hoy una de las intervenciones más consolidadas y transformadoras dentro del sistema penitenciario argentino. Centrado en la prevención de la tortura y la promoción de condiciones de vida dignas, el programa se apoya en una herramienta tan sencilla como poderosa: el diálogo. Este artículo propone responder algunas de las preguntas fundamentales que orientan su práctica.

¿Por qué el diálogo?

En las unidades de máxima seguridad donde actúa el Programa Marcos de Paz, la vida cotidiana transcurre principalmente en los pabellones. Allí, cada persona privada de libertad depende —en gran medida— de quienes cohabitan con ella y de la “política” interna que establecen los jefes de esos espacios. En estos contextos, lo que ocurre “de la reja para adentro” puede modificarse profundamente por decisión de las personas privadas de libertad. El diálogo aparece, así como una herramienta posible y necesaria para gestionar esa convivencia.

Algo similar sucede entre el personal penitenciario. Las “guardias”, equipos y áreas funcionan de modos distintos según las personas que los integran y las jefaturas que los conducen. Las personas pueden marcar una diferencia real si encuentran los cauces adecuados para actuar conforme a la Regla 38 de las Reglas Nelson Mandela, que destaca el rol crucial del personal para garantizar un trato humano.

Por ello, en las comunidades de encierro con mayores índices de violencia, el Programa Marcos de Paz desarrolla intervenciones sistemáticas que buscan humanizar las relaciones y las prácticas, invitando a las personas a dialogar hasta apropiarse de la palabra. Se trata de un modo de monitoreo que procura producir transformaciones significativas en quienes participan, en los grupos que integran y en las comunidades donde viven. El diálogo se convierte así en un vehículo para asumir responsabilidad sobre los propios actos, para disminuir la violencia y para promover una convivencia más digna.

Esta modalidad es parte de las diversas estrategias de visitas a lugares de encierro que la PPN realizó a lo largo de sus más de treinta años de historia. Actualmente, constituye una actividad permanente en seis unidades federales y una provincial, en cumplimiento del mandato asignado por la Ley N.º 26.827, que establece a la institución como Mecanismo Nacional de Prevención de la Tortura.

¿Qué significa facilitar el diálogo?

“Facilitar” abarca un conjunto amplio de prácticas y gestiones que permiten crear condiciones para el diálogo, organizarlo y construirlo de manera colaborativa. También incluye la tarea desarrollada en cada encuentro para que las conversaciones tengan un sentido y un ambiente particular. Esos encuentros se realizan entre pares y adquieren nombres propios según quiénes participan: Probemos Hablando con las personas privadas de libertad, Concordia con las personas que trabajan en los centros carcelarios y Tejiendo Puentes con familiares de personas detenidas.  

En el Programa Marcos de Paz, facilitar es un quehacer social que exige confiar en las capacidades de las personas y comprometerse con los valores que estructuran el programa: libertad, humanidad, igualdad, inclusividad, respeto, confidencialidad, apropiación compartida, aprendizaje continuo y mirada de largo plazo.

A través de esta labor, los equipos de facilitación ayudan a que las personas participantes:

  • se respeten y se escuchen;
  • puedan hablar sin miedo y ser escuchadas sin juicio;
  • desarrollen empatía y responsabilidad;
  • aprendan a regular sus emociones y reacciones;
  • encuentren alternativas para prevenir y resolver conflictos;
  • puedan cooperar con otros;
  • accedan a más derechos mediante el uso de la palabra;
  • fortalezcan la comunicación con sus familias.

Para ello, quienes facilitan se entrenan en tres competencias centrales: trabajo en equipo, cuidado del diálogo y escucha genuina.

En cada círculo de diálogo se ofrece un encuadre claro, basado en el respeto y la confidencialidad. Se invita a hablar con intención, escuchar con atención, cuidar el impacto de las palabras y permitir que el silencio tenga su lugar. A partir de allí, los equipos plantean preguntas y propuestas adaptadas a la realidad de cada grupo. Con frecuencia, se emplean dinámicas lúdicas y liberadoras, y se abren espacios donde se cuenta, se crea, se comparte y también se llora.

Si bien los encuentros se planifican previamente, el abordaje es flexible y se ajusta a los cambios propios de la vida en contextos de encierro. El programa trabaja con lo que surge en cada grupo, en cada momento.

¿Por qué sumar personas de otras instituciones y voluntariado?

Desde los primeros pasos del programa, hubo personas externas a la PPN interesadas en acompañar estas prácticas. Integrarlas resultó natural y, en cierto modo, inevitable.

Muy pronto, esta estrategia de diversidad e inclusión mostró beneficios claros. No sólo permitió ampliar los equipos y las perspectivas, sino que también consolidó un modo de trabajo coherente con la propuesta misma del programa. La pregunta que guía ese espíritu es simple y contundente:


“Si no somos capaces de colaborar entre quienes estamos fuera de la cárcel, ¿con qué legitimidad podemos pedirles a las personas privadas de libertad y al personal penitenciario que se escuchen y se respeten?”

Para la PPN, compartir esta labor con personas externas constituye un ejercicio de transparencia, participación y colaboración —los pilares del gobierno abierto— que sostienen la gestión del programa. Gracias a voluntarias, voluntarios y profesionales provenientes de otras instituciones, incluso del propio Servicio Penitenciario, el alcance del programa se ha expandido y enriquecido en diversas regiones del país.

Gracias a estos aportes, además, fue posible crear un espacio de diálogo destinado a familiares de personas privadas de libertad: “Tejiendo Puentes”, un encuentro virtual que se realiza cada semana.

Las personas que eligen voluntariamente facilitar el diálogo llevan consigo una presencia que ilumina e inspira a las comunidades que las reciben. Su participación reafirma que la prevención de la tortura y la promoción del buen trato requieren un compromiso plural, social y profundamente humano.

Voces que sostienen el diálogo

Si el diálogo es la herramienta central del Programa Marcos de Paz, quienes lo facilitan son su motor silencioso. Ellas y ellos traducen los valores del programa en prácticas concretas, encarnan la paciencia necesaria para acompañar procesos en contextos de encierro y hacen posible que la palabra circule aun donde predominan el desgaste, la desconfianza o la violencia. La tarea cotidiana de facilitar —escuchar con apertura, habilitar nuevas miradas, contener sin interferir, y sostener la presencia en espacios donde todo puede cambiar en un instante— sólo puede comprenderse plenamente a través de la experiencia de quienes la realizan.

Por eso, antes de seguir avanzando, abrimos un espacio para que sean las propias facilitadoras y facilitadores quienes cuenten qué significa este trabajo para ellos. Sus testimonios ofrecen una mirada íntima y honesta sobre los desafíos, las transformaciones y los aprendizajes que nacen en cada círculo de diálogo. Al compartir sus palabras, damos lugar a la dimensión humana del programa: la que se construye encuentro a encuentro, gesto a gesto, voz a voz.

A continuación, presentamos una selección de sus reflexiones, organizadas en tres dimensiones: por qué eligen ser facilitadores del diálogo, qué aportan y qué se llevan de cada encuentro.

1. ¿Por qué elegimos facilitar el diálogo?

  • “Es una manera de minimizar la violencia tan naturalizada en la cárcel, y ofrecer una herramienta para evitar conflictos mediante la palabra.”
  • “Promover el derecho a la palabra es nuestra identidad. El diálogo es una forma vital de vincularnos.”
  • “Creo en el poder de la palabra compartida: transforma, acerca y humaniza.”
  • “En un medio donde la palabra se perdió como derecho humano, facilitar es volver a entrenar el músculo de hablar, escuchar y empatizar.”
  • “La facilitación nos invita a volver a la presencia humana: a la mirada, a la escucha, a relaciones más auténticas.”
  • “Siempre supe que iba a hacer algún trabajo en la cárcel… era una necesidad de dar una ayuda.”
  • “Me encontré solo y encontré un grupo dispuesto a ayudarme. Desde entonces decidí ser parte.”
  • “El círculo me transforma, me humaniza. Algo se mueve en cada uno de nosotros.”

2. ¿Qué traemos al círculo?

Las personas facilitadoras describen lo que aportan como una mezcla de experiencia, sensibilidad y presencia genuina:

  • “Mi historia de vida. También soy hija de una persona privada de libertad.”
  • “Mi caja de herramientas personales.”
  • “Más de 20 años de experiencia en este contexto.”
  • “Mi escucha atenta y mi empatía.”
  • “Ganas, alegría y compañerismo.”
  • “Respeto por la palabra del otro y compromiso para sostener un espacio seguro.”
  • “Coherencia entre lo que decimos y lo que hacemos.”
  • “Mis luces y mis sombras, con autenticidad.”
  • “Las orejas para escuchar. ¡Ja!”
  • “Una mente y un corazón dispuestos a aprender.”

3. ¿Qué nos llevamos?

Los círculos no solo transforman a quienes participan desde adentro, sino también a quienes facilitan:

  • “Me llevo el valor de lo compartido, aprendizajes que nacen del encuentro.”
  • “Historias que me marcan, aprendizajes que me nutren.”
  • “Entendimiento, confianza y, sobre todo, amor.”
  • “Conexión y humanidad rescatada.”
  • “Sabiduría, alegría, empatía, felicidad.”
  • “Gratitud, amor, confianza y la certeza de ser escuchados.”
  • “Siempre me llevo mucho más de lo que doy: energía positiva, libertad y transformación.”
  • “Una mirada y un abrazo honestos.”
  • “Un profundo sentimiento de agradecimiento.”

Una facilitadora lo sintetiza así:

“Al fin y al cabo, suelo pensar que voy a colaborar… pero siempre vuelvo a casa agradecida. El círculo me modifica.”

Una anécdota que ilumina el camino

Una facilitadora relata:

“Voy a una peluquería en contexto de encierro. Vi un cartel que decía: ‘El silencio es de cobardes’. Pensé inmediatamente en el programa: el silencio también es parte del diálogo. Le expliqué al profesor que a veces es necesario para escuchar y analizar. Me dio permiso para pegar un cartel debajo: ‘El silencio es parte del diálogo’. Me agradeció por la reflexión. Esa simple escena me confirmó cuánto transforma este trabajo.”

Voces que sostienen el diálogo

Si el diálogo es la herramienta central de Marcos de Paz, las personas facilitadoras son su fuerza motriz silenciosa. Encarnan los valores del programa y hacen posible que la palabra circule allí donde el silencio, la desconfianza y la violencia han sido, durante mucho tiempo, la norma.

Sus reflexiones muestran por qué la facilitación es clave: no solo como un método para reducir la violencia, sino como una práctica profundamente humana que restituye la dignidad, la voz y el vínculo.

¿Por qué facilitar el diálogo?

Las personas facilitadoras describen de forma recurrente el diálogo como una manera de interrumpir ciclos de violencia que se han naturalizado en la vida en prisión. Crear un espacio donde las personas puedan hablar, escuchar y ser escuchadas sin miedo se concibe como un derecho y, al mismo tiempo, como una responsabilidad. En contextos donde la palabra ha sido despojada de su valor, la facilitación se convierte en una forma de reconstruir la capacidad de comunicarse, empatizar y relacionarse con otros como seres humanos.

Para muchas personas, el círculo de diálogo también resulta profundamente transformador a nivel personal. La participación resignifica la manera en que las personas facilitadoras se comprenden a sí mismas y a los demás, recordando que el cambio es siempre recíproco: el espacio humaniza a todas las personas que lo habitan.

¿Qué aportan las personas facilitadoras al círculo?

Más allá de los conocimientos técnicos, las personas facilitadoras destacan la presencia, la coherencia y la experiencia vital. Aportan sus propias historias de vida, su capacidad de escucha atenta y empática, y el compromiso de sostener un espacio basado en el respeto y la seguridad.

La facilitación se describe como un acto de honestidad: estar presentes con apertura, reconocer los propios límites y mantener la disposición a aprender. Esta vulnerabilidad compartida contribuye a generar confianza y hace posible el diálogo, incluso en los contextos más desafiantes.

¿Qué se llevan las personas facilitadoras?

El impacto de los círculos de diálogo trasciende los muros de la prisión. Las personas facilitadoras suelen retirarse con un profundo sentimiento de gratitud, enriquecidas por lo compartido y por la calidad del encuentro.

Relatan volver a casa con energía renovada, con una mayor confianza en las demás personas y con la certeza de que la escucha genuina puede abrir caminos de transformación. La experiencia refuerza una comprensión compartida: aunque las personas facilitadoras ingresen al espacio con la intención de acompañar a otras, también se ven profundamente transformadas por lo que reciben.

Como expresó una persona facilitadora, el círculo de diálogo invierte de manera constante las expectativas: lo que comienza como un acto de entrega se convierte en una experiencia de aprendizaje, conexión y reconocimiento mutuo.

Agradecimientos

Participaron de este texto, a través de sus testimonios, las siguientes personas facilitadoras voluntarias del diálogo:  
Analía Acevedo, Cecilia Pinto, Gabriela Ferreira, Milagros Barro, Sandra Arce, Sol Giannetti, María Noel Dondena, Verónica Simonini, Silvia Santillán, Estefanía Huaco, Luciana Pavón, Marcelo Álvarez, Sonia Mora, Axel Santa Cruz, Silvestre More, Lino Manuel Rodríguez, Fabio Marillan, Gerardo Vallejos, Diego Marillan y Marcos Fontan Guzmán. 

Blog Thursday, April 16, 2026