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La privación de libertad de las mujeres en América Latina: ¿Qué es necesario entender?

martes, 8 marzo 2016
Autor/a :
María José Urgel

En los últimos años el debate sobre la privación de libertad de las mujeres ha cobrado mayor fuerza a nivel nacional e internacional, tanto por sus cifras como por las lamentables condiciones que viven en el encierro.

Impulsado por la confluencia de numerosos factores, el encarcelamiento de las mujeres y adolescentes a nivel mundial se ha incrementado a una velocidad mayor que el de la población masculina, experimentando en la actualidad un crecimiento aproximado de un 50% en comparación con las cifras del año 2000. Y aunque todavía el número de mujeres encarceladas es proporcionalmente mucho menor al de los hombres (entre el 2% y el 9% de la población), en América Latina la situación es muy preocupante, al registrarse en la región el aumento más agudo (a nivel mundial), con países como Guatemala, El Salvador, Brasil o Colombia encabezando la lista.
 
Los delitos relacionados con el microtráfico de drogas, por los que tradicionalmente son encerradas las mujeres, y las políticas de mano dura implementadas por los gobiernos, no son asuntos menores en esta historia en la que sus protagonistas han quedado atrapadas, cumpliendo penas excesivas y desproporcionadas, si se tiene en cuenta la naturaleza no violenta de sus delitos y su bajo perfil de peligrosidad.

Las mujeres privadas de libertad de la región comparten contextos  y experiencias similares. La gran mayoría son víctimas de violencia física y psicológica, de violación u otras formas de agresión sexual; son madres solteras con hijos e hijas a cargo u otros dependientes; mujeres aferradas a relaciones sexo-afectivas jerárquicas y machistas; mujeres de escasos recursos y limitadas oportunidades de desarrollo etc. Ellas, que han vivido con anterioridad a su ingreso en la prisión importantes situaciones de vulnerabilidad (de las que todavía no han salido), una vez dentro de los centros de privación de libertad, son colocadas en un sistema diseñado por y para hombres, donde los malos tratos y la tortura no suelen ser la excepción sino la norma. Y donde el propio funcionamiento de los centros, no permite asegurar su reinserción, abordar sus traumas pasados, su historial de violencia, sus adicciones y, mucho menos, su condición de madres y, por tanto, asumir el cuidado de sus hijos e hijas dentro de la prisión.



¿Qué nos hace falta comprender?

A medida que estas cifras y las circunstancias que las rodean han ido desnudando una realidad particular a la que hay que poner atención, la comunicad internacional ha doblado esfuerzos para comprender las causas que impulsan a las mujeres a delinquir y para identificar sus necesidades específicas, ofreciendo soluciones antes y durante el encierro.

Producto de lo anterior, hoy contamos con estándares internacionales específicos como son las Reglas de las Naciones Unidas para el tratamiento de las reclusas y medidas no privativas de libertad para las mujeres delincuentes, conocidas también como las Reglas de Bangkok. Un conjunto de reglas, que de ser implementadas pueden contribuir a modificar una realidad que desde hace tiempo está pidiendo auxilio a gritos.

Lamentablemente, ni las estadísticas, ni el trato y las condiciones de las mujeres privadas de libertad, ni tampoco los avances de la ONU, han sido suficientes para lograr grandes cambios en la región. Y la pregunta es porqué.

Se podrían identificar diversos factores; falta de voluntad, menor atención a la población femenina por representar una minoría con respecto a la masculina, desconocimiento absoluto de estándares internacionales, falta de educación en derechos humanos, una política inadecuada contra el narcotráfico que impacta mayoritariamente en las mujeres más desfavorecidas y no proporciona las soluciones requeridas etc. Sin embargo, la carencia más notoria, es la falta de entendimiento total del problema y por tanto de la solución. En otras palabras, el encarcelamiento de las mujeres en América Latina y el trato que reciben dentro del sistema penitenciario, no está exclusivamente vinculado a la infracción legal o la comisión del delito, sus causas son mucho más complejas, pues están intrínsecamente relacionadas con la discriminación histórica de las mujeres, la violencia, y la falta de oportunidades que el mismo sistema patriarcal y cultural promueve y alimenta. A nuestras sociedades todavía les cuesta entender que la división sexual del trabajo propia de la cultura machista (hombres en la esfera pública con acceso a fuentes de ingreso y mujeres en la esfera privada a cargo de la familia) es también parte del problema que estamos analizando aquí. Nuestras sociedades se vendan los ojos, cuando a causa de la violencia de género, mujeres víctimas de violencia domestica acaban en prisión por el  asesinato de sus parejas, después de años de pasividad estatal. Todavía cuesta identificar que lo que hay detrás de la negación de las mujeres privadas de libertad a la visita íntima, se llama discriminación y que ésta reside en la cultura y en la concepción tradicional de la sexualidad y el placer femeninos.

Con este panorama desolador y con la multiplicidad de factores que concurren en el contexto de las mujeres y la privación de libertad, hoy es más que necesaria la puesta en marcha de un trabajo serio, en conjunto con todas las instituciones involucradas directa e indirectamente, que situé el tema de la discriminación de las mujeres y la cultura como punto central del debate y que analice sus múltiples aristas; su impacto en el encarcelamiento; en las políticas criminales; en el trato y las condiciones de las mujeres en el encierro y en sus posibilidades reales de reinserción una vez en libertad. Solo así se podrá empezar a entrever un panorama algo más alentador que el que tenemos en la actualidad.

Photo: Victoria Hazou

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